Unas cuantas razones para volver a Bolonia

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En más de un encuentro profesional, un taller o un café alguien ha preguntado si podría serle interesante -en el sentido pragmático- viajar a la Feria de Bolonia. Normalmente quienes hemos ido lo recomendamos entusiasmados, recordando un acuerdo allí cerrado o un exquisito antipasti todavía en la memoria del paladar.

Y es que las razones para sacarse un billete a la capital de la LIJ son variadas. A punto de subir al avión, recopilaré algunos motivos, además de los consabidos de presentar el portafolio o un proyecto.

La califican como la feria más importante de la literatura infantil y juvenil de Europa. Al menos todavía lo es pese a que Londres y Montreuil adquieren una importancia mayor gracias a la potente edición anglosajona, la apertura a nuevos formatos o la recuperación de ese calor que Bolonia ha perdido entregada a la inercia y la masificación.

En todo caso, la fiera (de mi niña) es una de las principales y obligadas citas de los profesionales de todo el globo.

“Me encantaba ir de país en país por el recinto ferial, saludando a colegas de todo el mundo”, afirma Petter el Araña en El vendedor de cuentos (de Jostein Gaarder en Siruela).

En las apenas dos horas y pico de vuelo que tardamos de Barajas al aeropuerto Marconi, el mundo bien podría haberse plegado sobre sí mismo. Paseando, de pabellón en pabellón, sentiremos que atravesamos un agujero negro como si Scotty nos hubiera teletransportado saltando de la literatura coreana a la india, de la rusa a la ecuatoriana.

Todo está a un click, pero allí podemos perdernos en esa inmensa biblioteca borgiana, oler y palpar los libros. En la inmensidad de internet naufragamos a menudo. De stand en stand el instinto nos orienta hacia maravillosos descubrimientos.

En una mañana habremos recorrido buena parte de la producción editorial del globo entero. La primera vez, marea. Por eso recomiendo, además de la tarjeta de visita, llevar una biodramina en el bolsillo.

Está claro que la mayoría de quienes acudimos a Bolonia somos amantes perdidos del libro pero, aunque a veces nos lo hagan olvidar, también somos profesionales de esto.

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La vorágine de editores, directores de arte, impresores, libreros, comerciales, autores (término que comprende a escritores e ilustradores) y, últimamente, a informáticos e ingenieros (una nueva especie surgida con las apps y los ebooks que mira ojiplática esta selva de letras)… concretan esa idea de industria editorial de la que nos hablan. Una buena inmersión de realidad.

No, no hay niños. Al menos en proporción de uno por cada doscientos adultos (por tamaño y alopecia). Una excelente oportunidad, por tanto, para entablar contacto con colegas de todo el mundo ¡y en carne y hueso! Sin la mediación de Facebook o LinkedIn.

La humanización de las personas con las que nos enviamos cientos de correos al año es otra de las maravillas de juntarnos todos en unos cuantos metros cuadrados esos pocos días, especialmente cuando trabajas con gentes de todo el planeta. A veces olvidamos que detrás de todo esto hay seres de base orgánica, ¿verdad? El silicio solo es el medio…

Sandra todavía se ríe cuando recuerda la cara de una editora asiática que pensaba que Ángel era nombre de mujer. Nunca imaginó encontrarse con un tipo de 1,90 (cuando me estiro) y barbita. Trató de disimular la sorpresa mientras escondía el regalo que había preparado (para una chica, deduzco).

Y todo ello en una de las más hermosas ciudades de Europa, la de las vetustas universidades que construyen cultura siglos después de su fundación. Además de todo lo dicho, esas intensas jornadas inspiran durante meses a autores y editores.

Cualquiera meramente creativo aprehenderá los innumerables estímulos que rezuman tanto las exposiciones oficiales como las muestras paralelas, las charlas del café de los ilustradores, las visitas a la Librería per Ragazzi, las tertulias improvisadas, las tumultuosas cenas en las que –comiéndolo y bebiéndolo- compartes mesa con uno de tus artistas favoritos, los paninis a la carrera en el recinto, las citas cada media hora…

“Cuando llegué a la Feria, intuí muy pronto que esa visita podría ser la ultima que hiciera a Bolonia”, confiesa el personaje de Gaarder. Por tanto, aunque fuera la primera y única ocasión, disfrutémosla. Neptuno, encumbrado en su fuente, velará por nosotros. Por algo le llaman il Gigante.

Ángel Domingo

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Un pensamiento en “Unas cuantas razones para volver a Bolonia

  1. Nuria dice:

    Pues yo soy una de las que este año pisa la feria por primera vez, desde la mayor de las tranquilidades, voy, como creo que me toca ir en mi caso, “a ver”, sin presión, sin proyecto bajo el brazo. Me produce inquietud (positiva) y algo de morbillo observar (en la medida de lo que los stands los representen) el trabajo de las editoriales, qué y cómo lo venden. No vamos a engañarnos, si, también voy de turismo, si la feria fuera en otro sitio igual hubiera remoloneado algo más. En general, creo que es una buena manera de meterse un chute de realidad editorial. Y sobre todo, yo aprovecharé para ir a comer, que al fin y al cabo, es “lo mio”. :-D A ver si nos vemos por allí.
    Nuria

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