Aceptamos el reto PechaKucha y sobrevivimos. El formato de presentación consiste en mostrar 20 imágenes durante 20 segundos cada una. Un estrés. Participamos en la sesión organizada por la sede de Valladolid en el Café Pigiama, a rebosar de viejos y nuevos amigos, junto a un plantel de talentos inspiradores. De nuevo, gracias a todos, por invitarnos y escucharnos.

Algunos nos pedisteis el texto de la intervención de Ángel, lo compartimos con varias de las imágenes que proyectamos (alternando fotografías ad hoc con ilustraciones de Iban Barrenetxea, Adolfo Serra, Noemí Villamuza, Felipe López Salán, María Simavilla y Laura Pérez) . También colgarán los vídeos de la edición en su web. Las imágenes de la sesión son cortesía del fotógrafo Lutton Gant (os recomendamos visitar su web para disfrutar de su estupendo trabajo).

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Nos saltamos la parte de quién somos para no aburriros:

Una mañana nos visitó un señor muy amable. Al enterarse que no dibujábamos en la agencia -que nos dedicamos a comunicación, contratos, presupuestos, facturas…- muy decepcionado sentenció con pena: Ah, entonces aquí no trabajáis. Esta es la muestra de una jornada cualquiera en la oficina.

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¿De qué pensamos hablaros llamándonos Pencil? Venga, demostremos nuestro inglés. Efectivamente, de lapiceros. Generacionalmente estamos entre lo analógico y lo digital. Como descendientes del homo hábilis todavía necesitamos plasmar nuestras ideas con alguna herramienta de este tipo. Este es un humilde homenaje.

¿Recordáis la primera vez que tuvisteis en vuestras manos uno de estos objetos atávicos? Probablemente os acompañe desde entonces. Es el amigo fiel de cualquier persona creativa. Desde un arquitecto a un escritor. Y, como los gatos, tiene muchas vidas.

Los encontraremos de multitud de diseños, colores, materiales… Unos cuantos preferiréis las lapiceras. Por esta zona, también llamadas portaminas. Palabra que chocará a los argentinos que nos acompañen. Los más sofisticados optarán por un stylus para la tableta. Nada… seamos cool, seamos hipsters. Usemos un lápiz. (Ilustración de Laura Pérez).

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Cerrad los ojos. Como si degustáramos la magdalena de Proust, revivid el olor de la madera al estrenarlo. Una mina, encapsulada en un cilindro de madera o envolturas de papel, es una varita mágica. Una emocionante llave a infinitas posibilidades en un papel en blanco. Hay quien se bloquea y no le da vida, no le saca punta.

Esta modesta barra de grafito nos sirvió de muleta para iniciar nuestros titubeantes pasos en las letras, los números y las líneas. Sacarle punta era la excusa ideal para contarse un chiste en el rincón de la papelera, mientras el profesor daba la lección. Nuestras primeras notas románticas, de trazo tembloroso, también fueron escritas con él.

Si nos equivocábamos, no estamos condenados al Apocalipsis. Borramos y listo. Pero queríamos crecer. Nos seducía el bolígrafo, la pluma. Habíamos madurado y las correcciones siempre dejaban algún borrón. Algunos no cambiarían nada, otros querrían dejar la hoja como si nunca hubieran pasado por allí.

“Si no puedo dibujarlo, es que no lo entiendo”, afirmó Einstein. Aprehendimos el mundo tocándolo, chupándolo y también recreándolo con nuestros esbozos. Antes de que las líneas construyeran palabras, recrearon nuestra casa, nuestro perro, nuestra familia… De mayores decimos que no sabemos dibujar, mentira.

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Torpemente trazamos líneas temblorosas que traducían sonidos, como notas musicales. Juntándolas componíamos palabras, que significaban mundos. Encadenándolas proponíamos acciones, hilábamos historias. Tan locas como nuestra incapacidad para escribir recto.

Qué gran poder el del lapicero. Con él podemos declara nuestro amor o, si somos necios, la guerra. Demasiada responsabilidad. Tanta que la presión a veces quiebra la punta.

Apoyados en grafito nos adentramos en el misterio de las Matemáticas. En la lógica interna de casi todo. 1, 2, 3, 4, 5… Números que, como las letras, pueden sumar, restar, multiplicar, dividir… Incluso calcular raíces cuadradas. ¿Alguien sabría hacer una a pelo aquí mismo?

Algunos lapiceros pagaban con su vida nuestros nervios en los exámenes. Quebrados en la flor de la mina. Cuánto habríamos podido crear con ellos si no se hubieran partido antes de tiempo. Héroes anónimos de nuestro currículum escolar.

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Soportan estoicos nuestra tensión. Los mordemos sin compasión. Tampoco la tenemos con nuestra dentadura. Cada marca es la huella de un deseo frustrado, la impaciencia por la llamada que no suena o la ansiedad al dejar de fumar.

El sacapuntas es un aliado, peligroso. Como la mantis religiosa. Sabemos que acabará con nosotros, pero lo necesitamos para sacar punta a la vida. Mudamos de piel para afilar el rasgo.

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Con los años fuimos amaestrando el talento. El 2+2 se elevó al cielo en una complicada fórmula para poner en órbita un satélite. Y el borratajo eclosionó en maravillas como ésta. Cuánto disfrutamos con el resultado y por el camino.

Como la nuestra, su existencia es limitada. Pero, hasta agotar la mina, son muchas las vidas de un lapicero.

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He hablado de vidas en plural porque el libro alberga muchos capítulos. Vivimos una de las épocas más grises porque sabemos que alumbrará otras más oscuras. Pero podemos hacer como esta máquina. Recicla el papel triturado para convertirlo en nuevas carcasas de lapicero. Les da una nueva vida.

Para vuestra tranquilidad diré, que en la preparación de esta charla, ningún lapicero sufrió… Mucho… Y os adelanto que, de estas vidas, pronto nacerá un cuento. Gracias.

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