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Fantástica reseña de Mi hermano pequeño invisible (Libre Albedrío), de Ana Pez, en El Cultural: “La habilidad de la artista madrileña se sustentará en la recreación de formas ambiguas que favorecen este binomio entre lo visible y lo invisible, en ofrecernos dos itinerarios de lectura en función del juego con el color, dos miradas entrelazadas que nos revelan el contraste entre la realidad y la ficción como polos que se necesitan y se complementan. Y a todo lo anterior se suma -como apunta la propia autora- un deliberado homenaje al libro en papel, pues este curioso engranaje perdería gran parte de su encanto si tratáramos de traducirlo a su versión digital”.

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En más de un encuentro profesional, un taller o un café alguien ha preguntado si podría serle interesante -en el sentido pragmático- viajar a la Feria de Bolonia. Normalmente quienes hemos ido lo recomendamos entusiasmados, recordando un acuerdo allí cerrado o un exquisito antipasti todavía en la memoria del paladar.

Y es que las razones para sacarse un billete a la capital de la LIJ son variadas. A punto de subir al avión, recopilaré algunos motivos, además de los consabidos de presentar el portafolio o un proyecto.

La califican como la feria más importante de la literatura infantil y juvenil de Europa. Al menos todavía lo es pese a que Londres y Montreuil adquieren una importancia mayor gracias a la potente edición anglosajona, la apertura a nuevos formatos o la recuperación de ese calor que Bolonia ha perdido entregada a la inercia y la masificación.

En todo caso, la fiera (de mi niña) es una de las principales y obligadas citas de los profesionales de todo el globo.

“Me encantaba ir de país en país por el recinto ferial, saludando a colegas de todo el mundo”, afirma Petter el Araña en El vendedor de cuentos (de Jostein Gaarder en Siruela).

En las apenas dos horas y pico de vuelo que tardamos de Barajas al aeropuerto Marconi, el mundo bien podría haberse plegado sobre sí mismo. Paseando, de pabellón en pabellón, sentiremos que atravesamos un agujero negro como si Scotty nos hubiera teletransportado saltando de la literatura coreana a la india, de la rusa a la ecuatoriana.

Todo está a un click, pero allí podemos perdernos en esa inmensa biblioteca borgiana, oler y palpar los libros. En la inmensidad de internet naufragamos a menudo. De stand en stand el instinto nos orienta hacia maravillosos descubrimientos.

En una mañana habremos recorrido buena parte de la producción editorial del globo entero. La primera vez, marea. Por eso recomiendo, además de la tarjeta de visita, llevar una biodramina en el bolsillo.

Está claro que la mayoría de quienes acudimos a Bolonia somos amantes perdidos del libro pero, aunque a veces nos lo hagan olvidar, también somos profesionales de esto.

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La vorágine de editores, directores de arte, impresores, libreros, comerciales, autores (término que comprende a escritores e ilustradores) y, últimamente, a informáticos e ingenieros (una nueva especie surgida con las apps y los ebooks que mira ojiplática esta selva de letras)… concretan esa idea de industria editorial de la que nos hablan. Una buena inmersión de realidad.

No, no hay niños. Al menos en proporción de uno por cada doscientos adultos (por tamaño y alopecia). Una excelente oportunidad, por tanto, para entablar contacto con colegas de todo el mundo ¡y en carne y hueso! Sin la mediación de Facebook o LinkedIn.

La humanización de las personas con las que nos enviamos cientos de correos al año es otra de las maravillas de juntarnos todos en unos cuantos metros cuadrados esos pocos días, especialmente cuando trabajas con gentes de todo el planeta. A veces olvidamos que detrás de todo esto hay seres de base orgánica, ¿verdad? El silicio solo es el medio…

Sandra todavía se ríe cuando recuerda la cara de una editora asiática que pensaba que Ángel era nombre de mujer. Nunca imaginó encontrarse con un tipo de 1,90 (cuando me estiro) y barbita. Trató de disimular la sorpresa mientras escondía el regalo que había preparado (para una chica, deduzco).

Y todo ello en una de las más hermosas ciudades de Europa, la de las vetustas universidades que construyen cultura siglos después de su fundación. Además de todo lo dicho, esas intensas jornadas inspiran durante meses a autores y editores.

Cualquiera meramente creativo aprehenderá los innumerables estímulos que rezuman tanto las exposiciones oficiales como las muestras paralelas, las charlas del café de los ilustradores, las visitas a la Librería per Ragazzi, las tertulias improvisadas, las tumultuosas cenas en las que –comiéndolo y bebiéndolo- compartes mesa con uno de tus artistas favoritos, los paninis a la carrera en el recinto, las citas cada media hora…

“Cuando llegué a la Feria, intuí muy pronto que esa visita podría ser la ultima que hiciera a Bolonia”, confiesa el personaje de Gaarder. Por tanto, aunque fuera la primera y única ocasión, disfrutémosla. Neptuno, encumbrado en su fuente, velará por nosotros. Por algo le llaman il Gigante.

Ángel Domingo

Quedan unos días para la cita profesional más importante del sector del libro infantil y juvenil. En Bolonia nos reunimos editores y agentes literarios de todo el mundo dispuestos a descubrirse mutuamente tentadoras novedades. Tampoco falta cada año un importante número de ilustradores con carpeta en mano, ganas de mostrar su portafolio y contactar con nuevos clientes.

Pero, ¿hay espacio para los ilustradores en la Feria de Bolonia?

En cuanto a espacio físico, tienen uno privilegiado. En el hall de la Feria se presenta la muestra de ilustradores, una oportunidad de conocer talentos de todo el mundo, a la que ahora se suma una exposición monográfica del ilustrador premiado por la Fundación SM y la propia Feria en la anterior edición. Además, el país invitado apuesta por dar especial protagonismo a la ilustración en el lugar donde muestra su mercado editorial.

En otra zona de obligado paso, está el muro de los ilustradores. En cuatro días deja de ser una pared de un inmaculado blanco a un loco collage de estilos y colores donde los ilustradores ponen a prueba su capacidad para hacerse visibles.

El café de los ilustradores, foro profesional, también está en el vestíbulo. Se enfoca como un espacio de encuentro donde escuchar charlas y conferencias. Año tras año, se echa de menos una programación más ambiciosa que aproveche la presencia de los ilustradores para ofrecerles una programación que aborde en profundidad temas profesionales y artísticos.

¿Pero hay espacio temporal en las apretadas agendas de los editores? Salvo raras excepciones, no. Para un ilustrador resulta complicado organizarse una agenda de citas profesionales, lo que le obliga a vagar por los pasillos y soportar largas colas en aquellos lugares donde, por un breve periodo, se hace una excepción.

Más allá de embellecer el recinto ferial, el ilustrador es un profesional, fundamental en este sector editorial y así debería ser tratado.

Señoras y señores de las editoriales, lleven a sus directores de arte o a sus editores y vean portafolios. La Feria es una oportunidad única de descubrir los proyectos que serán los libros de la próxima edición, de conocer de primera mano el universo visual del artista, de conocer a la persona. De ver un block, no un blog.

Asistir a la Feria de Bolonia supone un esfuerzo económico importante. Siempre uno vuelve con la cabeza llena de ideas y la satisfacción del encuentro con los colegas. Pero el ilustrador, además, tiene que regresar con la sensación de que nuevas perspectivas profesionales se abren ante él.

Sandra López